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El artículo que se encuentra en el enlace del final fue escrito por Gisela Di Marco. Lo integran reflexiones sobre arte y tecnología en Latinoamérica a partir de la experiencia del Proyecto Modular.


Un adelanto: Editar

No es novedad que en la actualidad asistimos a la incorporación de los dispositivos tecnológicos a los procesos de producción significante de las disciplinas artísticas de manera extendida, aunque en un camino que aún podría catalogarse como “experimental”, y que parece ir en busca de la especificidad de cada medio. Con la intención de favorecer una conciencia crítica acerca del rol de estas herramientas en la praxis del arte, junto a un grupo de artistas y gestores culturales de distintos puntos de Argentina conformamos en 2007 el colectivo Modular , un grupo independiente de gestión y producción con sede en la ciudad de Córdoba.

Identificado con una línea de trabajo inscripta en el cruce entre arte, tecnología y sociedad, Modular se propuso dar cuenta de las prácticas artísticas relacionadas con procesos tecnológicos, e indagar en qué medida la tecnología contribuye a la generación de nuevas posibilidades discursivas, particularmente desde nuestras latitudes periféricas. Desde entonces hemos puesto en marcha un proyecto de documentación y análisis sobre arte y tecnología en Latinoamérica, que a partir de un reconocimiento del estado de la cuestión pretende favorecer el abordaje de esta problemática a través de diversos ejes: difusión/exhibición, reflexión, formación, producción, intercambio y cooperación.

En lo particular, esta línea de trabajo se había iniciado algunos años antes para mí, de la mano de βeta_test , un proyecto editorial dirigido por Gustavo Crembil en el que participé intensamente entre 2001 y 2003. Por esa época, el proyecto central del grupo era la revista electrónica homónima, que circulaba vía e-mail y cuya temática versaba (según la definíamos en aquella época) en torno a la relación entre arte, tecnología y medios. Al cabo de los primeros números, y a la luz de los cambios históricos que estaban ocurriendo en el mapa mundial luego del 11-S, y con Argentina en plena crisis social, económica y política, decidimos que sociedad era un término más adecuado para terciar la díada arte y tecnología. Así fue que (al menos en el encabezado del e-zine) la sociedad vino a apropiarse del lugar de los desprestigiados medios, que fueron absorbidos bajo el paraguas del término tecnología. (De alguna manera y sin quererlo, esta sustitución simbólica anticipaba un proceso que iniciaría su materialización con el arribo de la web 2.0). Pues bien, ahora que, desde una perspectiva social, parece más urgente (y más interesante) hablar de cultura que de arte, me pregunto si no debimos haber subsumido éste a aquella y, más importante, si no es hora de problematizar esa relación de tres, ese ménage à trois cuyo producto en tantas ocasiones resulta forzado y vacío de significación.

¿Qué tiene que ver la tecnología con la cultura? O, más bien, ¿qué puede aportar la tecnología a los procesos culturales?


El PDF con el artículo completo, aquí [1]

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