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Por Franco Rizzi



Hay una cultura que ya no es cultura: es sólo entretenimiento. Es, hoy y tristemente, la que propone la mayoría de las Políticas Culturales (…) Y hay una cultura –siempre la ha habido- que es cosa de ciudadanos: que es avance, es cambio, ideas para otra vida mejor, crea atmósfera de sentido…

Toni Puig Picart


Si hay un lugar desde donde la gestión de la cultura es una obligación, es sin dudas desde las instituciones del Estado. Los espacios de cultura en muchos lugares públicos fueron siempre un lugar de recreación y esparcimiento donde iban aquellas personas a las que le debían favores políticos, personas sin capacidades –al menos manifiestas- en gestión cultural. Esto es un desafío para los gestores culturales: cuestionar su trabajo continuamente, poner a la cultura en observación permanente y profesionalizarse cada vez más.

En el caso específico de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), la actual gestión del rectorado decidió crear una Subsecretaría de Cultura en el ámbito de la Secretaría de Extensión Universitaria, donde antes había sólo un área. El objetivo que se planteó como Subsecretaría fue claro: levantar las persianas de la Universidad y vincularla a la sociedad como un agente cultural más. Esto supone no pensarse como ombligo, ni como portadora de Verdad (con mayúscula) sino como un espacio y un agente de cultura que se relaciona con la sociedad desde su lugar de institución pública.

El desafío no era menor: la UNC cuenta con espacios físicos interesantes (3 salas, galería de arte y un hall central imponente para la realización de muestras grandes), un movimiento de personas permanente (más de 100.000 estudiantes) y equipamiento técnico adecuado. Faltaba desarrollar lo básico de la gestión cultural: un equipo de trabajo y un concepto.

La estructura del equipo fue entonces la siguiente: producción, comunicación, logística y técnica: áreas fundamentales en las que se debía trabajar seriamente procurando no cometer errores, porque ahí se define la calidad de una gestión cultural. Pero antes de eso había que tener claro qué entendíamos por gestión cultural, y esto era pensar el marco de referencia de las otras áreas, para que sean funcionales a la política que se buscaba generar.

En este sentido, era fundamental definir qué queríamos hacer, si gestión cultural u organización de eventos. Por eso, lo primero, fue poner en discusión la palabra evento. Hacer un evento, ya sea una obra de teatro, una performance o un megafestival, no es, per se, hacer gestión cultural… en absoluto. Como eje fundamental, nos planteamos: profesionalizar la gestión cultural en el área central de la UNC. Clásico ejemplo: “tenemos que hacer cultura, hagamos un festival gratuito en la calle y lo traigamos a León Greco, que es tan progre”; o “festejemos que somos la capital americana de la cultura, la traigamos a Mercedes Sosa por 60 mil pesos, llenamos la Avenida Hipólito Yrigoyen y con eso aseguramos una buena gestión” Estos ejemplos son, justamente, el peligroso amateurismo reinante en la gestión cultural.

En síntesis, entendimos que la gestión cultural era tener algo que decir y una idea de cómo decirlo. Ese es nuestro punto de partida, después pensamos la producción, cómo comunicarlo, cuánto nos sale y cómo hacerlo. De nada nos sirve un megafestival si no parte de una idea que nos desvele, una posición ante el mundo y algo en lo que creamos firmemente. Otra cuestión que asumimos era el hecho de que hacíamos un trabajo ideológico. Desconocer la influencia de la ideología en la gestión de la cultura, es una clara posición ideológica, porque lo que estamos haciendo es construir discursos y posiciones ante nuestra comunidad.


Acortando distancias

La idea inicial que surgió entonces fue la de promover el derecho a la cultura como una obligación irrenunciable de la UNC y aturdir de actividades a la Ciudad para que vuelvan a mirar para el lado de la Ciudad Universitaria, que se encontraba en un estado de abandono importante –abandono cultural- Esta idea nos desvelaba por varios motivos, casi todos vinculados a distintas formas de lejanía. Una primera lejanía la sentimos realizando un trabajo con jóvenes en el CPC de Villa el Libertador que estaban cursando el último año del secundario. Ellos nos preguntaban si era caro estudiar en la Universidad, a lo que respondimos que era libre y gratuita porque es pública, cosa que desconocían. Este síntoma mostraba una falencia: la institución de la Universidad pública estaba completamente alejada de la sociedad y para grandes sectores sociales era un espacio privado. Esto nos llevó a darnos cuenta de que había que plumerear a la Universidad y relacionarla (relacionarnos) con la comunidad desde otro lugar, como un actor cultural más y desde el llano. Esto era vincularnos con la comunidad artística de un modo diferente, con los estudiantes y con sectores y organizaciones barriales que no participaban (ni les interesaba) de las actividades de la UNC porque, partiendo de que la UNC está financiada por los impuestos que paga toda la comunidad y asumiendo el rol que nos compete como sector público en la generación de políticas culturales, pensamos el ciclo “Derecho a la Cultura” que tenía como objetivos, justamente la idea que nos desvelaba.

Las primeras actividades en los meses previos al primer ciclo Derecho a la Cultura, eran claros fracasos, ni los artistas y hacedores de la cultura local estaban interesados en participar, ni los ciudadanos de a pie –y los estudiantes ni qué va- a asistir a las actividades. Lo primero que se escuchaba y se percibía era que la Universidad estaba lejos –esta lejanía refería también a una cuestión geográfica- Esa percepción de lejanía había que revertirla, ya que hay lugares mucho más alejados del centro de la ciudad que funcionan muy bien y, además, la ciudad universitaria, ¡está a sólo quince cuadras del centro de Córdoba!, por lo que esa lejanía era más simbólica que real.

La cuestión era: “los vamos a hartar para que vengan”. Mails, cuando se pudiera vía pública (los costos suelen ser más altos que las posibilidades) y empezar a llamar a los círculos artísticos, a los ciudadanos organizados que se encontraban trabajando en enclaves territoriales barriales, organizaciones de Derechos Humanos y otros estamentos del Estado, con una impronta novedosa en la ciudad para convencerlos de que ahora la UNC era otra cosa; y así llegamos al ciclo Derecho a la Cultura, con mucha energía y entusiasmo, pero sabiendo que íbamos a tener que remarlo bastante.


Derecho a la Cultura

Los derechos culturales surgen después de la segunda guerra mundial, en la declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, como una decisión supranacional que esté por encima de las posibles repeticiones de las barbaries de la guerra que acababa de terminar. A pesar de esto, las violaciones a los Derechos Humanos siguieron existiendo y nuestra propia historia (y tantas otras) dan cuenta de ello. De todas maneras, en esta declaración quedaron plasmados en los artículos 27 y 28 los siguientes derechos culturales:

- Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten.

- Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.

- Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.

En los siguientes pactos internacionales (1966, 1982, 1998), fue mutando el propio concepto de cultura, que pasaba de la idea de la Alta Cultura a una cultura que contemple las diversas manifestaciones populares, como la defensa de las identidades individuales y colectivas e incluyendo también a los medios de comunicación. Esto lleva a que los derechos culturales sean un tanto difusos, por eso, lo que debemos plantearnos es qué roles le competen al Estado en la defensa y promoción de esos derechos. Jesús Prieto de Pedro, jurista español especialista en Derechos Culturales, propone entender los derechos culturales como aquellos derechos que garantizan el desarrollo libre, igualitario y fraterno de los seres humanos en esa capacidad singular que tenemos de poder simbolizar y crear sentidos de vida que podemos comunicar a otros. En ese sentido, el rol del Estado no es definir qué es arte y qué no, cuál es la verdadera cultura y cuál no, sino estimular la creación cultural y artística, no su preservación.

José Teixeira Coelho, profesor e investigador en políticas culturales de la Universidad de San Pablo, Brasil, plantea que los Estados, a través de sus políticas culturales, deben crear y promover condiciones para garantizar los derechos culturales y que lo principal es “asegurar la democracia, es decir, garantizar la expresión del pensamiento y las opiniones, eliminar la censura, terminar de implementar la utopía del Estado lego” Nota 1 . Así, el deber está dado en reconocer las diferencias, promover las identidades y respetar los rasgos culturales particulares de las comunidades que conviven en una sociedad y esto lleva a aceptar también la posibilidad de no participar en alguna o varias vidas culturales.

¿Qué debe hacer la gestión cultural desde el Estado? Principalmente trabajar con y para la sociedad civil, creando espacios para su desarrollo y escuchando y promoviendo las distintas realidades culturales.


Ciclo Derecho a la Cultura

El ciclo Derecho a la Cultura se realizó por primera vez en el año 2007, probablemente con más errores que aciertos, pero con las cabezas en la búsqueda de bajar acciones que sigan los lineamientos que pretendíamos promover. La intención era realizar un ciclo novedoso, dinámico (en este tercer año vamos a realizarlo nuevamente y al igual que los años anteriores no se va a repetir el mismo formato) donde se cuida la estética y la comunicación y procurando que no sea un ciclo festivalero que quede en lo meramente eventual.

Denominar “Derecho a la cultura” al ciclo que inaugurábamos tenía una doble significación: por un lado que el espacio de la Universidad de Córdoba, en tanto espacio público, se constituye y se ofrece a toda la sociedad como un espacio donde pueden manifestarse todas las expresiones culturales (renunciado explícitamente a la idea de que existe una o mejores expresiones culturales) y, por el otro, propiciar que estas manifestaciones puedan llegar a la mayor cantidad y diversidad de público.

En ese marco, el objetivo general de este ciclo se piensa como un camino de “ida y vuelta”: acercar la Universidad a la comunidad y que la Universidad se nutra de la comunidad, promoviendo, a través de las expresiones artísticas, charlas y debates programados, la discusión sobre accesos y derechos culturales, intentando instalar temas tales como: el respeto, el reconocimiento y el diálogo de las culturas entre las que convivimos, y, sobre todo, su calidad de iguales.

El ciclo está dirigido a “toda” la gente, por lo que los programas y actividades apuntan a diversos públicos. Entre estos, alumnos de colegios secundarios de la Ciudad de Córdoba, comunidad universitaria (alumnos, docentes, no docentes, funcionarios, etc.) consumidores del circuito cultural cordobés y sectores no contemplados por la oferta cultural de este tipo. Los objetivos específicos son instalar el debate sobre discriminación, identidad y aceptación a través de distintas manifestaciones artísticas, acercar producciones artísticas a zonas y/o sectores que, por diversos motivos, no pueden acceder a ellas, promover a la UNC como lugar de producción cultural e interrelacionar desde la cultura a la UNC con otras instituciones públicas y con organizaciones sociales.

Para llevar estas cuestiones a la práctica, convocamos a referentes para que piensen actividades específicas que contemplen la concreción de estos objetivos. Así, dividimos el ciclo en las siguientes áreas: Música, Danza, Teatro, Títeres, Letras, Cine, artes visuales y foros y debates. A todos ellos les proponíamos una serie de ideas de cómo pensábamos que se debía armar el ciclo, pero con la plena libertad de discutir esas mismas ideas y con la confianza en que ellos pensaran en artistas e intelectuales para las actividades a realizarse. El ciclo tuvo, en los dos primeros años, una duración de tres meses, tiempo en el que se realizaron, por cada edición, más de 50 actividades, entre espectáculos, charlas y talleres de formación que se llevaron a cabo en la sede la UNC (Pabellón Argentina), en salas independientes, centros culturales barriales, plazas de la ciudad y en pequeñas localidades del interior de la Provincia de Córdoba.


Deudas pendientes

Para el ciclo 2009 tenemos varias cuestiones que ajustar y errores que superar, vinculados principalmente a cómo repensar la manera en que nos vinculamos con las organizaciones sociales y los hacemos participes y dueños de este ciclo, porque representan justamente lo que queremos promover. Este año renovaremos los coordinadores (una de las decisiones iniciales fue mantener a los coordinadores a lo sumo dos años, para poder tener en el ciclo distintas miradas sobre lo mismo, procurando no repetir actividades y no fosilizar el ciclo). También convocaremos a más organizaciones sociales a participar del armado del ciclo contemplando las necesidades que ellos nos planteen, y así agregaremos como el área “Murga y Carnaval”. Además acortaremos la duración del ciclo a un mes, para concentrar más las actividades, ya que en los años anteriores tuvimos una fuerza al comienzo que nos costó mantener en los meses siguiente. Por último, otro de los objetivos que nos planteamos para este año es tener una mayor participación en los medios masivos de comunicación, principalmente en los medios con los que cuenta la UNC (Radio Universidad, Power 102 y Canal 10) no en lo que a difusión respecta, sino por el rol que cumplen en la construcción de ciudadanía.

Esperamos que este 2009 logremos generar mayores accesos a la cultura de Córdoba y que la UNC sirva como un vehículo para construir una sociedad más justa, democrática e igualitaria.

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