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Por Gabriela Borioli



[Después de mucho insistir, Gertrude Stein logró que Pablo Picasso accediera a retratarla. El artista puso como única condición que nadie viese la obra hasta que estuviera terminada. Con algunos matices acerca del comitente y del espacio en que sucede – a veces es un hombre y no una mujer, en ocasiones transcurre en España y otras en New York – la historia siempre termina igual: después de posar inmóvil y llena de expectativas durante días, en una fiesta glamorosa y super concurrida se descorre un lienzo. La modelo no se reconoce en los trazos del retrato y humillada frente a los invitados, enmudece. Picasso se adelanta, le da unas palmadas en el hombro y le aconseja vigorosamente – Ahora… ¡A parecerse!]


La cooperación y el desarrollo

Nacidos para analizar, blanquear y morigerar los efectos devastadores de políticas y economías desatinadas o catástrofes provenientes generalmente de los países llamados centrales, los organismos multilaterales que dan origen a la cooperación internacional y que sustentan sus lineamientos, han parecido ir siempre un poquito por detrás de las circunstancias. La creación de la ONU en 1945 cuando ya la Segunda Guerra había barrido con todo, el pacto de Kioto que entró en vigencia en 1997 con el calentamiento global ya hirviendo sobre nuestras cabezas, o la Convención de la Naciones Unidas para la Protección y Promoción de las Expresiones Culturales realizada en 2005, cuando los efectos de la macdonalización ya habían evangelizado al planeta entero; son algunas muestras del bienintencionado pero tardío reflejo de la multilateralidad. Sin demasiada cintura para los cambios de conflictos, terrenos y escenarios, por error u omisión de las partes interesadas, y en una marcada ausencia de los estados de los grupos receptores, los organismos de cooperación a través de sus acciones han sido predestinadas (o condenadas) a definir en gran medida y con el consiguiente impacto cultural, las políticas públicas de los países llamados emergentes.


El sur todavía existe

Lo hemos visto por décadas. Los puestos de salud, o los centros culturales o de educación no formal de pueblitos de la finisterre patagónica son, en gran medida, impulsados, financiados, monitoreados y evaluados por funcionarios y técnicos de, por ejemplo, la finisterre francesa. Sin poner en tela de juicio si esas definiciones son buenas o malas, y a sabiendas de que en muchos casos es lo único que hay, es necesario decir que las evaluaciones de los procesos de elaboración, ejecución e impacto de esos proyectos, rara vez son sistematizados e informados. Y todavía más rara vez se convierten en insumo para retroalimentar el diseño de nuevas teorías y líneas de acción.

La cultura, ese enorme cuerpo de infinitas cabezas que nos define como individuos y como pueblos, no está exenta. Las tendencias marcadas por los países centrales y los lineamientos definidos por lo organismos multilaterales en torno a la llamada cooperación se constituyen -en buena medida y de facto- en políticas culturales en América Latina impactando claramente en las identidades. A través del diseño de formularios de aplicación para el financiamiento a un lado del mostrador, y de la elaboración de proyectos y programas financiables al otro lado del mostrador, se planifican e implementan acciones en grandes porciones territoriales y poblacionales que se apropian de las tendencias en lo discursivo, solapando lo urgente y lo propio en los recovecos invisibles de esos formularios. Así es como encontramos diseminados en el mapa y en el tiempo, infinitas acciones no muy coherentes ni muy eficientes en sí ni entre sí. Acciones efímeras, casi siempre despojadas de planes de sustentabilidad más allá de la subvención, y en muchos casos en franco choque con las estéticas, las necesidades reales y las identidades locales.

En general, esta dinámica de acciones ocurre sin intervención ni interacción con los estados, y no se inscriben en las escuetas o inexistentes estrategias políticas definidas desde lo local. De esa contradicción entre el discurso, la realidad y la acción, resultan incoherencias que se trasladan al vínculo tiñéndolo de cierta hipocresía cómplice. Una suerte de clientelismo virado a lo perverso. Las organizaciones civiles, las empresas, fragmentos del estado a distintas escalas, y los individuos, participan de este mecanismo y lo legitiman. ¿Cómo? Presentándose a convocatorias que en ocasiones responden a sus necesidades reales, pero que en muchas otras los obliga a “dibujar”, a encajar con fórceps a las bajadas de línea de loas convocatorias.

Suele comentar con mordacidad Bernardo Toro, el pensador colombiano, que frecuentemente se escucha en algunos barrios populosos de América Latina la frase “Prestame un pobre”. Lo que Toro grafica con ironía, es la realidad de que cuanta entidad internacional que opera en la región enfoca el destino de los fondos para educación, prevención de salud o de violencia familiar y género en sectores marginales, que viven por debajo de la línea de pobreza. Y en algunas regiones hay tanta ONG que - desde la legitimidad o el clientelismo - trabajan superpuestas y desarticuladas, que los pobres no alcanzan para repartírselos en el ítem “público beneficiario”. Así es que, para aplicar a los números proyectados desde las oficinas de estadísticas y cubrir programas de diferentes temáticas en el mismo espacio para el mismo público, hay que “prestarse” usuarios. Suena a locura. Es una caricatura brutal. Pero tan aproximada a la realidad que, cuando Toro lo explica en el contexto de sus alucinadas conferencias, los representantes de las ONG a quienes se dirige - que no intentan estafar a nadie sino conseguir el financiamiento - responden con una carcajada generalizada. Será de los nervios.

En el otro rincón, la legitimación de esta relación sorda, pasa por la utilización de la cooperación como cabecera de playa para el desembarco de las empresas transnacionales en territorios vírgenes. Se suma en las últimas décadas la consolidación de una creciente maquinaria de administración que aporta a lo social y económico, como herramienta para mitigar los efectos colaterales de los conflictos sociales internos y en la creación de puestos de empleo. Para coronar esta nueva fachada de lo que en los remotos 70 se llamaba “penetración cultural”, la globalización - alimentada y sostenida por la ultra tecnología aplicada a plataformas de conectividad insondable- contribuye a la construcción de cierto espejismo feliz acerca de una multi / interculturalidad equitativa y diversa.


Parole, parole, parole…

Es sano de todos modos reconocer que desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos para acá, recorriendo la línea imaginaria que une - entre muchas otros hitos - a Davos, Río, Estocolmo, y las esperanzadas carpas de Porto Alegre, la noción de desarrollo cultural ha evolucionado para bien, ha mutado, sumado variables y complejidad. Ha rotado y crecido sobre sí misma y -hay que decirlo también- ha alcanzado un concepto más humano y holístico que aquel escueto y economicista casi circunscripto al intercambio de bienes culturales y a la industria de los años 40/50. Sin embargo, la traducción a la realidad de esos progresos cualitativos de la teoría sobre el desarrollo cultural, no han ido mucho más allá de los documentos y enunciados plagados de buenas intenciones, y de un aluvión de términos acuñados, instalados y vaciados de su significado a la velocidad del rayo.


Cultura, cultura(s), animadores socioculturales, agente cultural, gestor cultural. Identidad. Diversidad, multiculturalidad, interculturalidad. Razas, etnias, comunidades. Industrias culturales, economía de la cultura, bienes culturales, producto cultural, turismo cultural, recorte, recurso. Intercambio, articulación, sinergia, red, redes. Derechos culturales, garantías culturales, desarrollo cultural. Ayuda, préstamo, subsidio, inversión. Cooperación, co- desarrollo. Inclusión, patrimonio, saber, saberes, libre expresión. Arte y desarrollo, arte y responsabilidad social, arte y organización social. Patrimonio tangible, patrimonio intangible, conocimiento, gestión del conocimiento, políticas públicas, políticas públicas culturales, ¡etcétera!


Estas son apenas algunas de las palabras “llave”, las claves de los discursos que sucesivamente – como modas - poblaron documentos, artículo y plataformas de base para las políticas de cooperación y desarrollo. Quienes trabajamos en la gestión cultural podemos mencionar al menos una veintena de ellas en un minuto, sin repetir y sin soplar. Algunas cayeron directamente en desgracia y otras en el olvido. Muchas palabras, y por arrastre los conceptos que encierran, perdieron parte de su significado por desgaste, en el uso poco reflexivo y el abuso banal de lo discursivo.

¿En qué cambiaron, en qué sentido, y cuáles indicadores de qué variables de la economía desde que, por ejemplo, un país subdesarrollo pasó a llamarse “en vías de desarrollo” primero y luego “emergente”? Quizás sea hora de dejar de pensar en cómo nombrar o rebautizar los conflictos y deudas pendientes para ahondar en cómo revertirlos estructuralmente. No resulta, trabajando con pobladores de Noroeste argentino sentados a proyectarse en mesas de desarrollo local, que fuese de vital importancia para ellos si se los llama indios, indígenas, aborígenes, u originarios, aunque originarios es claramente más ameno. En cambio sí resulta importante, increíble y exasperante que la titulación de propiedad de las tierras comunitarias estén en la misma situación burocrática que durante la Colonia. Es decir, que el estado de abandono y dominación, a pesar de los millones invertidos en divisas en muchas de estas comunidades desde los organismos multilaterales y los donantes internacionales, es el mismo. Si a eso sumamos el dato de los porcentajes enormes de esas inversiones que desaparecen en la alcantarilla de la corrupción de los intermediarios locales y del resto gestionado desarticuladamente, nos encontramos con un problema importante. Y poco o nada de relevancia tiene acá el hecho de que en el formulario de aplicación actualizado a 2009 de un ente donante, figuran en las opciones de población beneficiaria como “indígenas”.

No parece quedar mucho margen para asumir que la sola elaboración teórica, las transformaciones semánticas y las buenas intenciones que parten de la verticalidad y que se constituyen sobre la marcha en las políticas públicas que nos rigen globalmente, no alcanzan para producir las transformaciones que necesitamos.

De cooperadores y cooperados

Sería de una gran necedad negar el hecho de que algunas tendencias marcadas por estos lineamientos universales efectivamente han contribuido, en casos puntuales, a mejorar la calidad de la vida cultural de las personas de muchas comunidades. Podemos decir que esta escalada dialéctica sí contribuyó a señalar con el dedo los estragos de la exclusión. A incluir estos temas en las agendas de la política y de la economía. Y que sí se generó desde los países desarrollados un flujo de recursos que traducido en préstamos, subsidios y otras vías de financiamiento no pudieron reemplazar ni llenar el vacío de la ausencia de los estados subdesarrollados y de las políticas públicas, pero sí aportar a la mitigar la marginalidad de algunos sectores poblacionales, dándole viabilidad a proyectos que los hacen más visibles, menos sumergidos.

Ahora bien. Si no es que hemos decidido tapar el sol con un dedo, ¿cuándo vamos a asumir que esa dinámica que se sucede, se refina y se recicla a sí misma es en todo una verdadera política cultural pública tanto para aquellos países que cooperan con el desarrollo como para estos que somos cooperados? ¿Cuándo vamos a dejar – de un lado y otro del mostrador - de producir y de llenar formularios para aplicar a las líneas del financiamiento definidas desde la pura teoría? ¿Quiénes van a seguir decidiendo cuáles temas ligados al desarrollo cultural se priorizan y en qué regiones? ¿Quiénes y por qué van a seguir siendo considerados portavoces de las comunidades para presentar proyectos a ser financiados? ¿Y quiénes y por qué no? ¿Pueden funcionarios europeos en oficinas europeas definir que en esta década la prioridad de Barrio El Barrio de Sudamérica es “murga y género”? ¿Pueden las tres vecinas de Barrio Tercera Sección que suscriben un proyecto decidir que los fondos que un estado europeo destina a través de la cooperación internacional para el desarrollo sean utilizados en el programa “etnia y costura”? ¿Hasta cuándo puede sostenerse la idea de colaborar con el desarrollo estableciendo relaciones financieras directas entre ONG´s o particulares de países pobres de un continente y estados o bancos extranjeros ricos? ¿Cuál es el vector del desarrollo cultural? ¿Cómo se identifica y quién lo legitima? ¿La culpa es del chancho o de quien le da de comer? ¿Quién es el chancho? Y no es broma. Hay una responsabilidad compartida en esta irresponsabilidad.


Ideologías: el regreso

Tal vez la tan mentada profesionalización de los agentes culturales a un lado y al otro del mostrador de la cooperación no demande solamente la formación técnica o la idoneidad para bajar lineamientos y ejecutar proyectos. Tal vez requiera una actitud profundamente reflexiva acerca de los vínculos entre cooperantes y cooperados, y del posicionamiento ideológico de las personas - casi en grado militante- para construir ciudadanía y generar alternativas asociativas menos asimétricas, más equitativas, y más amables con la realidad. Tal vez las agendas políticas y económicas de los organismos multilaterales y los gobiernos puedan empezar a nutrirse de algo más que desesperación y urgencia por reparar. La evaluación y la retroalimentación a través de los técnicos fuera de sus escritorios es una oportunidad. La horizontalidad en la discusión y la toma de decisiones políticas sobre prioridades, áreas y temáticas de la cooperación es una oportunidad. Las redes informales temáticas, sectoriales y territoriales de acción, de gestión y circulación del conocimiento son una oportunidad. La reaparición del estado como garante, ejecutor de las políticas y como catalizador de las iniciativas particulares, es una oportunidad. El resurgimiento y el fortalecimiento de los procesos locales son una oportunidad. Pero para aprovechar las oportunidades, hacen falta ciudadanos. Hasta no hace mucho tiempo la discusión sobre el rol de las empresas, la cooperación y las ONG`s, dejaba al descubierto la preocupación por la ausencia del estado. Ahora sabemos que hay una ausencia primera, anterior, de ciudadanos que impulsen y sustenten política e ideológicamente al estado y los gobiernos.

Sami Naïr, especialista en movimientos de migración y defensor de los Derechos de los Inmigrantes, afirmaba que “El propósito fundamental del inmigrante es hacerse ciudadano de pleno derecho del país de acogida”. Creó, además, el concepto de “codesarrollo” como un modelo de colaboración mutua entre países, superador al de la cooperación tradicional en tanto que rompe la relación vertical norte / sur. Considerando que las transacciones culturales de la globalidad son más complejas y vastas que y que exceden por mucho el marco de las relaciones emigrantes / inmigrantes / países receptores, y asumiendo que de una manera u otra todos somos parte de minorías, migrantes y emigrantes de la mundialización, parecen converger todo en un mismo camino. Después de décadas de abandono y vaciamiento de lo público, estamos obligados a empezar de cero. Con nuestras historias y nuestras tribus, con lo que traemos. Pero a reconstruirnos como verdaderos ciudadanos de pleno derecho.

A partir de la Convención de la Naciones Unidas sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales de 2005 y la Declaración de Montevideo y la Carta Cultural Iberoamericana del 2006, se advierte desde lo macro, una búsqueda de un marco más sano para la relación subdesarrollo / cooperación y para la protección de los procesos locales. Y esa búsqueda se centra - enfática y casi exclusivamente - en la construcción de ciudadanía y la participación ciudadana. Nos cercioremos de que esta vez las intenciones y los buenos deseos sean acompañados en las acciones concretas.


¿Y la identidad?

Ni Disney, ni Bilbao

Frecuentemente cuando menciono en alguna discusión mi inquietud por la “bilbaoización de la cultura” para ilustrar el riesgo que encierran las distracciones políticas e ideológicas en términos de la cooperación, y jugando irónicamente con la idea de sumar una “palabrita” a la jerga, los colegas han responden con fastidio y a la defensiva. Y en realidad no se trata de demonizar a un país ni a unos gestores ni a un modelo sino de simplemente mencionar un caso exhibido y convertido en emblemático. Yo he visto con mis propios ojos a técnicos y consultores erigiéndolo como modelo de desarrollo deseable, replicable y hasta adorable frente a, por ejemplo, una comunidad mapuche que administra con dificultad pero con firmeza un emprendimiento de turismo cultural sustentable. En base al capital colectivo de ocho familias y sus tierras comunitarias, la propuesta en extremo cuidadosa en relación a la identidad, el patrimonio y el entorno natural de la cultura originaria. Se ofrece un paquete que incluye alojamiento en las viviendas familiares, comidas típicas preparadas con ingredientes de cultivos propios, fogones de tradición oral narrada en mapuche y traducidas por nietas bilingües. La idea de la comunidad incluye a todos los pobladores en la cadena de agregación de valor. Sin entrar al terreno de las valoraciones acerca del modelo que en otro contexto aplica el concepto de turismo cultural a los efectos económicos, comerciales y urbanísticos del museo y su impacto sobre Bilbao, hay que decir que resulta un poco desoladora (y si ahondamos, también peligrosa), la obstinación de los técnicos. Precisamente, sin reparar en los contextos y con abrumadoras imágenes del edificio diseñado por Gehry de fondo, repiten su incesante speech y abortan toda posibilidad de diálogo de culturas. Y desperdician la riqueza infinita de la lectura conjunta, el intercambio de experiencias en real diversidad y tensión positiva.

El paradigma Bilbao, que sin dudas es en sí y para sí una estrategia de desarrollo genial, es también hacia “afuera” una muestra de que - quien más quien menos- los entes de la cooperación internacional invariablemente terminan por establecer en la práctica modelos más cercanos a la colonización y la dependencia, que a modos evolucionados de asociatividad. Se cae, desde el mundo desarrollado - en unos y otros momentos y ayudados por dispuestos socios locales - en la misma tentación de replicar “modelos exitosos” o eficientes sin definir ni evaluar “éxito” o “eficiencia” en los contextos de las identidades. Para el caso, también Disneylandia funciona de maravillas y no por eso recomendaríamos una réplica del parque temático para potenciar turísticamente Galápagos o El Valle de la Luna.


Recuperar el sentido

En lo personal, después de navegar alternadamente entre llenar formularios para aplicar a becas y subsidios para proyectos culturales, y analizar proyectos para otorgar subsidios en fundaciones donantes durante los últimos quince años, y habiendo trabajado codo a codo y arremangadísimos con estupendos colegas de aquí y de allá, elijo creer que se pueden corregir los trazos que dieron mal. Puedo, además, defender a muerte la idea de que es mejor hacer lo que se puede a no hacer nada. Pero créanme, esto no se endereza si no paramos a pensar. A barajar y dar de nuevo con consignas quizás más sencillas, desde los aprendizajes de la experiencia, parados en una relación más sana y más honesta en la que el vector de desarrollo sean los ciudadanos empoderados y concientes de sus necesidades, sus derechos. Ciudadanos organizados, dotados de las herramientas que les permitan pensarse y proyectarse a sí mismos y a sus comunidades a futuro. Recuperando lo público como el espacio natural para el diseño y el ejercicio del bien común. Exigiendo a sus representantes las leyes y las partidas presupuestarias para que los estados garanticen sus derechos culturales y su acceso al desarrollo. Y en el peor de los escenarios - suponiendo que el mundo siempre va a ser estructuralmente no equitativo -será deseable establecer vínculos relacionales desde un umbral menos asimétrico y abismal. Será de gran ayuda que aquellos estados económicamente mejor posicionados (que ahora sabemos que no es lo mismo que “en superioridad de condiciones”) puedan, frente a ese irrefrenable deseo de cooperar, hacerlo escuchando qué se les requiere. Sería fantástico que - en términos de desarrollo estratégico por ejemplo - en lugar de repetir fórmulas o manuales de cómo transformar de cada pueblito un Bilbao y de cada ciudad una Barcelona, pudieran traducirse a formato de acción las necesidades y demandas de pueblos que generalmente saben con exactitud lo que necesitan, y en la mayoría de los casos, también tienen ideas sobre cómo alcanzarlo.

Suena como una ingenuidad, o como una más y mera enumeración de expresiones de deseo. Pero, por el contrario, este camino demanda – de todos los actores – una honestidad intelectual, un volumen y una cantidad de trabajo militantes superlativos. Creo, y esto sí con una fe casi estúpida, en que -como dice Xavier Albó - los pueblos sometidos, las organizaciones políticas y los luchadores sociales de países dominantes y periféricos, son la reserva moral de la humanidad, en orden de su búsqueda de mayor justicia y dignidad. Sin dudas a partir de la crisis mundial desencadenada en 2008, se abre una oportunidad histórica de reconstruirnos resignificando aquella retahíla de palabras bonitas, potentes y prometedoras de los enunciados multilaterales. La oportunidad de construir culturas y modelos de desarrollo que puedan prescindir de la necesidad de ayuda externa y que por extensión acaben con la cultura clientelista de un lado y mendicante del otro. Es decir, que acabe con el mostrador. Para poder desarrollarnos, unos y otros, sobre el contraste enriquecedor y sobre rasgos identitarios y recursos económicos genuinos. Cada quien con sus valores, sus creencias, sus intereses, y sus deseos. Sin que nadie le diga a nadie, cómo y a qué debe parecerse.



[Antonia San Juan que en la película de Almodóvar “Todo sobre mi madre” encarnó a la travesti entrañable que parada en un escenario desprovisto y mirando a cámara, casi reza su monólogo despojado de histrionismo: “Me dicen La Agrado porque toda mi vida sólo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás. Además de agradable, soy muy auténtica. Miren qué cuerpo…todo hecho a medida. Rasgado de ojos, ochenta mil; Nariz doscientos; Tetas, dos porque no soy ningún monstruo, setenta cada una. Cuesta mucho ser auténtica, señora. Pero en estas cosas no hay que ser rácana. Porque una es más auténtica, cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”. No sabemos si Picasso frente a Stein y sus amigos buscaba vengarse públicamente de la humillación de tener que trabajar por encargo, o si con este pase un poco compadrito explicaba de una vez y para siempre que las vanguardias están para otra cosa. No descartemos tampoco que sólo lo haya impulsado una dosis del resentimiento que genera en una persona atravesar la escuela primaria llamándose Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Mártir Patricio Clito Ruiz y Picasso. A mí me gusta pensar que es de esa descripción impecable y a veces dolorosa de La Agrado sobre la construcción de la propia identidad, que le hablaba Picasso a Gertrude Stein en el momento en que le decía “Ahora, a parecerse”.]

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